Juicio del Papa Francisco sobre el documento Apostolicam Actuositatem

Los laicos carecen de oficio pastoral. De entre ellos, el Señor escoge a verdaderos pastores y religiosos.

Juicio del Papa Francisco

Sobre

Los errores del documento del Concilio Vaticano II:

 

Apostolicam Actuositatem

 

 

Venerables Hermanos: Saludos en Jesús y María, y Bendición Apostólica



Obligación apostólica de vigilar el depósito de nuestra fe y denunciar el error.

 

1
Nuestro cargo apostólico, que viene directamente de Nuestro Señor Jesucristo, quien ha bajado por segunda vez a este valle de lágrimas, ejecutando con poder su gloriosa Parusía, nos impone la obligación de velar por la pureza de la fe y la integridad de la disciplina católica, así como de preservar a los fieles de los peligros del error y del mal, sobre todo cuando el error y el mal se presentan con un lenguaje seductor que, con ideas ambiguas, que pueden ser interpretadas de muchas maneras, formuladas con palabras imprecisas, encienden nuestros más nobles sentimientos en el seguimiento de causas plausibles, políticamente correctas, pero peligrosas y funestas para la salvación de las almas y la salud del cuerpo místico de Cristo. Tales fueron las doctrinas de muchos filósofos de los últimos tres siglos, que alimentaron intelectualmente las revoluciones francesa y rusa, el liberalismo, el modernismo, y el progresismo, tantas veces condenadas por promover movimientos religiosos y sociales como el protestantismo, el evolucionismo, el laicismo, el socialismo, el comunismo y muchos otros “ismos”. Tales son las teorías que penetrando en la religión católica mediante supuestos estudios bíblicos y teológicos, influyeron en los Padres del Concilio Vaticano II (CVII), los cuales, mayoritariamente, se dejaron seducir por un espíritu revisionista que reivindicaba la adaptación de la Iglesia a los tiempos modernos, como si la Verdad Absoluta y quien la reveló, el Dios Vivo, pudiesen cambiar con el tiempo.

 

El Papa enjuicia su doctrina, no a las personas que la han predicado y practicado.

 

2
Nos hemos propuesto, Venerables Hermanos, en manifestar pública y solemnemente nuestro juicio acerca del documento "Apostolicam Actuositatem" (Decreto del Concilio Vaticano II sobre el apostolado de los laicos, sesión 8, del 18 de noviembre de 1965). Ha sido necesario, para que Nos decidiésemos a hacerlo, que vuestros sufrimientos se sumasen a los nuestros; porque Nos amamos al valiente y sufrido laicado, y lo creemos digno de ser elogiado y admirado por muchos motivos. Amamos a las familias católicas, en las que Nos observamos espíritus luchadores, que combaten con decisión las seducciones del demonio, la carne y el mundo y que, enriquecidos por los dones del Espíritu Santo, practican con decisión el amor a Dios y al prójimo. Vosotros los habéis visto, Venerables Hermanos, penetrados de fraternidad y solidaridad hacia la raza humana, ir al encuentro de los que padecen en este valle de lágrimas, para aliviarlos de sus problemas materiales, pero también para sacarlos de las tinieblas del pecado mediante un mensaje de fe y esperanza en la Vida Eterna, a la que aspiran por el camino de la Gracia, el sacrificio y el amor a Jesucristo mediante el cumplimiento de las leyes de la Religión Católica.

 

El Reino de Cristo nos urge a decir y divulgar la Verdad

 

3
Las cosas han llegado a tal extremo, que haríamos traición a Nuestro deber si guardáramos silencio por más tiempo. Tenemos obligación de decir la Verdad a nuestros queridos hijos católicos para que se den cuenta del engaño diabólico en el que cayeron y vuelvan a la verdadera Iglesia Católica, la remanente, el resto fiel que sobrevivió a tantos años de persecución, acoso y derribo, por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, quien la ha alimentado en el desierto y, ahora, restaurado, rescatándola de la abominación desoladora –la apostasía- en la que había caído. Todo ello, realizado por Nuestro Señor tal y como estaba anunciado en las Sagradas Escrituras y profecías católicas, para que las puertas del infierno no prevaleciesen sobre su Iglesia.



Ya había sido advertido previamente, y a pesar de eso, introdujeron el error del modernismo progresista

 

4
Nos recordamos el día de la memorable Encíclica Pascendi Dominici Gregis que publicó Nuestro Predecesor, el Papa San Pío X, sobre los peligros del modernismo, al que denunció como compendio de todas las herejías [1]. La Iglesia militante, por boca de su Cabeza suprema, había derramado sobre los católicos todas las advertencias de su corazón maternal, y, con vivas ansias, exhortaba a los católicos a resistir a los falsos pastores infiltrados en el rebaño de Cristo. Sin embargo, el CVII y los años que siguieron  supusieron un triunfo histórico de la herejía. Todo lo que había sido denunciado previamente fue realizado, comenzando por la cabeza, y acabando por los pies del cuerpo de la Iglesia militante, la cual cayó, mayoritariamente, en el horrible pecado de apostasía.



Ningún laico puede ejercer el ministerio pastoral

 

5
Porque hay que decirlo, Venerables Hermanos: nuestras esperanzas se vieron defraudadas. Llegó un día en que el modernismo progresista sedujo a los Padres del CVII, quienes aprobaron el documento Apostolicam Actuositatem el cual fue inspirado por un espíritu revisionista tanto del Magisterio solemne de los verdaderos Papas como del Derecho Canónico. En dicho documento se viene a reconocer para el laicado católico un ministerio pastoral, en contradicción con lo mandado por mi Predecesor, el Papa Inocencio II, de que “ningún laico puede ejercer el ministerio pastoral”[2]. Este gravísimo error ha provocado todo tipo de abusos en nuestras diócesis, que van desde adoctrinamientos con diabólicas enseñanzas aprendidas en falsas apariciones marianas hasta la confesión pública de pecados personales en asambleas multitudinarias de fieles. Con descaro, se proclama en el mencionado documento que hasta los jóvenes y niños tienen actividad apostólica, e incluso se habla de un “apostolado moderno” que realizarían las asociaciones de fieles. Así, mediante lo que se ha llamado “mandato”, la Jerarquía podría convertir a un laico o grupo de ellos incluso en “cura de almas”.

 

Solo los católicos formamos una familia universal, en el Señor.

 

6
También conviene censurar severamente la pretensión del modernismo progresista que inspiró al CVII de que la totalidad de la población mundial es una familia universal. En consecuencia, se manda a los laicos a que se esfuercen en construir la unidad de dicha familia universal. Ya Nuestro Predecesor, el Papa San Pio X, en su encíclica “Nuestro Mandato Apostólico”, había condenado el falso movimiento humanista francés “Le Sillon”, afirmando que “solo los católicos formamos una familia universal, en la Verdad” [3]. Esto es, no existe verdadera fraternidad ni solidaridad si estas no se realizan en el Señor. Es, pues,  necesario, para avanzar en el deseable bienestar de la sociedad, hacerlo dentro de la verdadera moral, encontrándonos todos en el Dios verdadero y único, la Santísima Trinidad, el Dios de los católicos. Muchas veces, Nos hemos podido comprobar cómo los militantes católicos, por construir esa falsa unidad de esa falsa familia humana, han tenido que renunciar a las verdades eternas que conforman el Dogma de nuestra fe. No es católico, pues, sacrificar la Verdad para construir la unidad. La humanidad estará unida, Dios lo quiera, solo cuando toda ella se haya convertido al catolicismo.



Los religiosos deben de diferenciarse de los laicos

 

7
También conviene censurar severamente la pretensión del modernismo progresista que inspiró al CVII de que los religiosos deben de mantener un diálogo continuo con los laicos. Ya mandó Nuestro Predecesor el Papa León I el Magno que “los religiosos deben de diferenciarse de los laicos”[4]. Nuestras monjas y monjes, que han renunciado a madre y padre para encaminarse a las moradas eternas, como el Señor les exige, ¿acaso se van a encadenar al laicado?. ¿Rompen las cadenas de su propia familia para amarrarse a las de extraños?. ¿Se apartan del mundo, para volver a él?. Los frutos de esta pretensión ahí están bien visibles: nuestros gloriosos colegios religiosos de antaño sufren crisis de vocaciones, pues no practican ni la contemplación, ni la oración, ni la penitencia, sino que están entretenidos en proyectos temporales que también saben desarrollar las ONGs paganas. Nos afirmamos que la fecundidad de la verdadera vida religiosa es muy superior a la del laicado, y, por tanto, no debe de estar condicionada por un mandato de diálogo continuo con los laicos. ¿Acaso no es esa la reclamación de Santa Marta en el Evangelio de que su hermana María se dedicase a lo tangible?. Acaso no le respondió nuestro Señor que María había escogido la mejor parte, y que no se la quitaría?.



Solo los obispos, y sus sacerdotes diocesanos pueden ser directores de almas

 

8
También conviene censurar severamente la pretensión del modernismo progresista que inspiró el CVII de que los laicos apoyen a la Jerarquía en el cuidado de las almas. Tal y como afirmó Nuestro Predecesor, el Papa Pío XII, “los Papas confían la dirección de las almas a los obispos”[5], lo que significa también que los obispos se las confían a sus sacerdotes. Así, pues, los laicos cometen una gravísima infracción de la disciplina católica si no se someten a la dirección de los que han recibido del cielo la misión de guiar a las personas por el recto sendero de la Verdad y del bien.



Los protestantes no son discípulos de Cristo, sino que, por abrazar la herejía, están fuera del Señor

 

9
También conviene censurar severamente la pretensión del modernismo progresista que inspiró el CVII de que los protestantes son discípulos de Cristo. Ya mi Predecesor el Papa Adriano I enseñó que quien no venera las imágenes de María es maldito del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo[6]. En relación con esto, la Iglesia ha denunciado extensivamente que todo aquel que abraza la herejía se separa automáticamente del verdadero rebaño de Cristo, la Iglesia Católica, y, por tanto, del Señor. Es por eso que de nuevo, Nos afirmamos que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación, sino perdición eterna.



Hay que amar a Dios sobre todas las cosas, con toda nuestra mente, con toda nuestra alma y con todo nuestro corazón

 

10
También conviene censurar severamente la pretensión del modernismo progresista que inspiró el CVII de que el precepto de la caridad es el máximo mandamiento del Señor. Nos afirmamos, como lo proclaman las Sagradas Escrituras y nuestro Catecismo, que el mayor de los mandamientos es “amarás a Dios sobre todas las cosas”, mandamiento este que no quita nada al segundo de amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos. De nuevo, lo que pretenden los herejes es construir una sociedad menos religiosa, ocupada en asuntos temporales más o menos plausibles, focalizados hacia la resolución de problemas que son propios de este valle de lágrimas por la causa del pecado que entró en el mundo tras la culpa de nuestros primeros padres, problemas que debemos, por caridad, ayudar a aliviar, pero de modo tal que no nos aparten de las prácticas piadosas que la Iglesia nos manda para cumplir con el primer mandamiento.



Los laicos son receptores de la Gracia, no administradores de la misma

 

11
También conviene censurar severamente la pretensión del modernismo progresista que inspiró el CVII de que los laicos sean “administradores de la multiforme gracia de Dios, para la edificación de todo el cuerpo en la caridad”. No, Venerables Hermanos, es preciso  reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía eclesial, La Gracia o Agua Viva, como la llamaba Nuestro Señor, solo la pueden administrar los ordenados en el Sacramento del Orden, y lejos de ser multiforme, está ceñida a los siete sacramentos que reconoce nuestro Catecismo. Por otra parte, no debemos de construir el cuerpo místico de Cristo solo en la caridad, sino en el amor a Dios y en la caridad. El laico católico no se hace “cooperador de la Verdad” por administrar sacramentos, sino porque vive en la Verdad. Los laicos no pueden ser ministros de la Eucaristía en ningún caso, ni siquiera en determinadas circunstancias, como la escasez de sacerdotes.



Los laicos son receptores de la Palabra de Dios, no administradores de la misma

12
También conviene censurar severamente la pretensión del modernismo progresista que inspiró el CVII de que los laicos participen activamente en la Sagrada Liturgia, asignándoles, por ejemplo, el ministerio de la Palabra. Esto ha llevado a todo tipo de excesos -muchos de ellos escandalosos- que han supuesto la profanación de nuestros templos. Aparte de su participación como monaguillos en la Santa Misa tridentina, para nada más deben de subir al presbiterio, lugar santo reservado a los sacerdotes.

 

Las virtudes cristianas son fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y templanza

13
También conviene censurar severamente la pretensión del modernismo progresista que inspiró el CVII de que las virtudes cristianas se sustituyan por falsas virtudes, pues con gran descaro proponen “esas virtudes que exigen las costumbres sociales, como honradez, el espíritu de justicia, la sinceridad, la delicadeza, la fortaleza de alma”, como si estas últimas no las practicasen también los paganos.



El destino último de los católicos es la Vida Eterna en el Paraíso/ Cielo

 

14
También conviene censurar severamente la pretensión del modernismo progresista que inspiró el CVII de confundir al pueblo de Dios manipulando el lenguaje. Así, nuestro destino último, y premio, por el que nos esforzamos y sacrificamos, la Vida Eterna en el Paraíso/ Cielo, se nombra con palabras imprecisas, como “patria feliz” o “el último día”, las cuales pueden ser interpretadas de muchas formas, como de hecho ha ocurrido, dando lugar al nacimiento de perniciosas teologías en el ámbito católico.



El Reino de los Cielos no es una democracia, sino que tiene un Rey al que hay que obedecer, y una ley que nos obliga

 

15
También conviene censurar severamente la pretensión del modernismo progresista que inspiró el CVII de incorporar “consejos” a las parroquias y diócesis. Esto es, la democracia en la Iglesia. Nos afirmamos que la Iglesia no es una democracia, sino un Reino, donde todos hacemos la voluntad del Rey, Nuestro Señor Jesucristo, de modo que es por la obediencia, no por el consenso, por lo que todos los miembros del cuerpo llegamos a ser uno.



El mundo es uno de los tres enemigos del alma

 

16
También conviene censurar severamente la pretensión del modernismo progresista que inspiró el CVII de que los laicos amen al mundo, lo cual es una propuesta aparentemente plausible por afectar al amor, pero engañosa y muy peligrosa, pues el mundo es uno de los enemigos de nuestras almas, y no podemos dejarnos seducir por sus encantos. Los Santos nos enseñaron a vivir en el más absoluto desprecio de este valle de lágrimas. Así, pues, los laicos, que estén en el mundo, pero como si no estuvieran, pues su mente, corazón y alma deben de estar en el Señor, quien les espera en el cielo.



Los medios de formación de los laicos son las Sagradas Escrituras, el magisterio solemne de los verdaderos Papas, el Catecismo y la enseñanza de Obispos y Sacerdotes.

 

17
También conviene censurar severamente la pretensión del modernismo progresista que inspiró el CVII de que los laicos adopten como medios de formación congresos, reuniones, ejercicios espirituales, asambleas numerosas, conferencias, libros, y comentarios, y en ningún momento hayan sido propuestos los verdaderos medios por los que la Santa Madre Iglesia enseña a sus hijos, como el Catecismo, las Encíclicas y demás Documentos de los verdaderos Papas y la predicación de los Pastores.

 

 

Conclusión

 

18

Esta rápida exposición, Venerables Hermanos, os muestra ya claramente cuánta razón teníamos de decir que el modernismo progresista que inspiró el Concilio Vaticano II opuso su errónea doctrina contra la sana doctrina tradicional de la Iglesia, que construyó su particular religión falsa mediante una teoría contraria a la Verdad católica y que falsificó con astucia las nociones esenciales y fundamentales que la Santa Madre Iglesia proponía desde su creación para la salvación de las almas de los laicos. El documento que juzgamos, pues, ha sido profundamente pernicioso en tanto que dio los frutos que sus autores perseguían, esto es, un debilitamiento de la fe y un abandono de las auténticas prácticas de la religión católica, única religión verdadera, fuera de la cual no hay salvación, sino condenación eterna.



Bibliografía católica citada

 

[1] Pascendi Dominici Gregis. Encíclica del San Pio X en contra los errores del Modernismo (8 de septiembre de 1907).

 [2] Decrees of the Ecumenical Councils. A two-Volume Set, Volumes 1 and 2. Editor, Norman P. Tanner. Editorial, Sheed & Ward and Georgetown University Press (ISBN: 9780878404902 or 0878404902). (1990), 199.

 [3] Nuestro Mandato Apostólico. Encíclica del Papa san Pio X condenando el falso movimiento humanista “Le Sillon”. 25 agosto (1910), 23.

[4] Decrees of the Ecumenical Councils. A two-Volume Set, Volumes 1 and 2. Editor, Norman P. Tanner. Editorial, Sheed & Ward and Georgetown University Press (ISBN: 9780878404902 or 0878404902). (1990), 89.

[5] Enchiridion Symbolorum. “Les sources du Dogme Catholique”. Denzinger, H.J.D. Imprimatur (1955), 2287.

 [6] Decrees of the Ecumenical Councils. A two-Volume Set, Volumes 1 and 2. Editor, Norman P. Tanner. Editorial, Sheed & Ward and Georgetown University Press (ISBN: 9780878404902 or 0878404902). (1990), 168.

 



Papa Francisco, sobre los errores del documento del Concilio Vaticano II: Apostolicam Actuositatem.

 

Fátima Mística, 23 de Julio de 2017